Malditas expectativas

 ¿Te persiguen las expectativas?





Te propongo empezar con una sencilla reflexión: ¿Te persiguen las expectativas allá dónde vas? ¿Eres “víctima” de esperar siempre que algo suceda? ¿Sientes frustración cuando las cosas no salen como esperabas o cuando simplemente no ocurren?

A mí me sucede continuamente y, probablemente, a ti también. A veces pienso que soy una expectativa con piernas que corre por el mundo buscando que lo mejor que pueda suceder, suceda y, normalmente, suelo encontrar más frustración que satisfacción.
No me gusta tener expectativas e intento no futurizar sobre los eventos o resultados que puedan o no ocurrir. Sin embargo, las expectativas me asaltan de forma inesperada, inventando un resultado más que satisfactorio que muchas veces se queda en menos de lo que mi imaginación me había prometido.

Pero ¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué nuestra mente se empeña en ilusionarnos inventando un resultado que no sabemos si sucederá? Hay infinitas posibilidades de que ocurra cualquier cosa ¿Por qué nos empeñamos en buscar solo una opción, desechando las múltiples oportunidades que tenemos de disfrutar con aquello que esté por acontecer?
Las expectativas suelen llevar a la frustración y, por consiguiente, a sentirnos infelices. Puede que a veces se cumplan, e incluso que se superen, pero en muchos casos se quedarán por debajo de lo que habíamos imaginado.


La aceptación como antídoto 


Tener expectativas es inevitable. Creo firmemente que el deseo es humano y necesario y nos empuja a nuestro propio desarrollo personal. Cuando tienes un deseo, una meta o un proyecto, el anhelo por conseguirlo hace que te muevas, que salgas de tu zona de confort, que te conozcas a ti mismo/a, que aprendas del fracaso, que rías, que llores, que confíes en ti, que seas mejor persona… En definitiva, que vivas y que estés en el mundo.

La expectativa se produce por el apego al resultado que queremos obtener. En un primer momento, puede servirnos como empuje para motivarnos o empezar a movernos, pero de lo que se trata es de recorrer el camino, porque, una vez que llegues a la meta ¿Qué ocurrirá? Querrás otra cosa, o puede que no haga que te sientas mejor…

Soltar las expectativas y aceptar lo que venga es la única manera de disfrutar del camino. Deja que la vida te sorprenda. Mira las cosas que te suceden con curiosidad. Puede que quieras una cosa y la vida te termine dando otra mejor, pero si te empeñas en apegarte a una expectativa de futuro, perderás otras posibilidades. Se trata de estar en el momento, de aceptar en el lugar en el que te encuentras y de abrirte a todo lo que pueda ocurrir. Cuando consigues esto, todo cambia.




Personalmente, creo que la aceptación no es fácil de cultivar. Se habla mucho de ella y existen muchos ejercicios y meditaciones que ayudan a desarrollarla, pero creo que siempre va a existir un poso de expectativa dentro de nosotros, y quizá sea necesaria para mantenernos en nuestro camino. No se trata de destruir la expectativa, sino de dejarla ir, de pensar: Vale, sería estupendo que esto sucediese, pero no me importa tanto que no suceda. Puede que ocurra algo diferente e inesperado o puede que no sea el momento. Voy a disfrutar ahora y a dejarme sorprender por lo que vaya pasando.

La clave para dejar ir las expectativas esta en que no te preocupe conseguir tu deseo u objetivo. Puedes seguir queriendo ese resultado, pero ya no te importa tanto si no lo consigues. Es entonces cuando te abres a otras cosas y la magia sucede.

La aceptación consiste en estar en el presente y en aceptar lo que hay en ese momento. Se diría que es la ausencia de expectativas, aunque yo lo describiría más como el control de la expectativa. Es como si la mirases de reojo en vez de estar totalmente focalizado en ella.


“Las expectativas son como una pieza de cerámica delicada. Cuanto más fuerte las sujetes, más probable es que se rompan”
Brandon Sanderson


Ejercicio: reconoce tus expectativas


Siéntate cómodamente y cierra los ojos. Piensa en cuáles son tus expectativas para los próximos 5 o 10 años. No se trata de planes (un viaje, unas vacaciones…), sino de situaciones que esperas que ocurran para que seas feliz. Una vez las tengas en mente, hazte estas preguntas:

- De las expectativas que has pensado ¿Cuáles consideras más importantes? Elije dos o tres.

- Imagina cómo sería tu vida sin esas expectativas ¿serías igual de feliz?

- Y si consiguieras esas expectativas ¿Qué ocurriría después? ¿Crees que serías más feliz que ahora?

- ¿Estas expectativas facilitan que seas más feliz o lo dificulta?

- ¿Tenías las mismas expectativas cuando eras un niño/a? ¿Y hace 10 años?

- ¿Crees que tendrás las mismas expectativas cuando tengas 20 años más?

El objetivo de este sencillo ejercicio es el ser consciente de la impermanencia de las expectativas y de restarles importancia. Al igual que tú no eres la misma persona a lo largo de tu vida, las expectativas tampoco los son y van cambiando. Tus prioridades cambian y, desde luego, no serán las mismas cuando llegues a la vejez. Probablemente valorarás otras cosas más sencillas que antes habías desechado.


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